¿Cómo salir de la recurrente crisis de los fertilizantes?

El elevado coste de los fertilizantes de síntesis se debe a que son derivados directos del petróleo o necesitan combustibles fósiles para su producción y distribución. Por ello, ante conflictos globales como el actual en Oriente Medio, no solo se incrementa su coste, también se pone en evidencia la dependencia del sistema alimentario. Estos fertilizantes químicos llegaron en el siglo XX para suplantar estrategias como el uso de estiércol o la rotación de cultivos para reponer nutrientes. El motivo: sostener ritmos cada vez más intensivos de producción que superan la capacidad natural de regeneración de fertilidad del suelo.

De las sucesivas crisis por el coste de los fertilizantes emerge la necesidad de considerar modelos de producción alternativos al actual modelo globalizado e intensivo, ya que no solo han demostrado ser eficaces, sino también más saludables para las personas en cuanto evitan la exposición a contaminantes a través de la producción y el consumo de alimentos.

Asimetrías de poder que van más allá del sistema alimentario

Un análisis de la Plataforma Tierra muestra cómo el mercado de fertilizantes se concentra en un reducido número de países. El 60 % de la producción se concentra en China, Estados Unidos, Rusia, India y Canadá. Y la exportación según compuestos es igualmente asimétrica: Rusia y países del Golfo Pérsico están a la cabeza en nitrogenados, Marruecos domina los fosfatados y Canadá lidera la potasa. Así, el mercado global de fertilizantes amasa fortunas: solo en 2024 movilizó 85.700 millones de dólares, según datos de UN Comtrade.

Este complejo escenario geopolítico refuerza un sistema alimentario a merced del mercado de insumos, sostenido por largas cadenas de suministro en las que participan numerosos intermediarios. Por el mismo motivo, se trata de cadenas muy vulnerables ya que pueden tambalearse en contextos de crisis geopolítica, afectando todo el sistema alimentario.

Fragilidad europea en la producción de fertilizantes de síntesis

La complejidad del mercado que sostiene el uso de fertilizantes químicos es una fragilidad estructural de Europa que, si bien produce parte de los fertilizantes nitrogenados que se utilizan, depende del amoníaco importado, componente que se obtiene del gas natural, de los fosfatos procedentes de Marruecos (en particular del territorio ocupado saharaui), así como de la potasa importada de Canadá. El uso sistemático y extendido de estos insumos es básico para el modelo agrícola actual, por lo que se convierte en un factor de dependencia comercial y energética, condicionando la estabilidad del sistema agrícola europeo.

Esta vulnerabilidad se ha puesto nuevamente en evidencia en este último año, con el encarecimiento de precios impulsado por las tensiones en el estrecho de Ormuz, los aranceles aplicados a Rusia y Bielorrusia, y la entrada en vigor del Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM). Aunque Europa no depende directamente de Ormuz para su abastecimiento, la inestabilidad en la región ha tensionado los mercados energéticos e incrementado la competencia global por insumos (especialmente con India y Brasil), encareciendo indirectamente los fertilizantes (UNCTAD, 2026).

La crisis de los fertilizantes también alcanza a España

En 2024, el consumo de fertilizantes de síntesis en España alcanzó los 4,4 millones de toneladas (MAPA). Los fertilizantes nitrogenados representan la mitad del total y se destinan principalmente a cereales y a cultivos hortícolas intensivos y leñosos como el olivar, los cítricos y los frutales. Otros fertilizantes complejos que dependen de importaciones de componentes también ocupan un papel relevante en la agricultura intensiva. Por ejemplo, los fertilizantes que requieren como insumo la potasa se emplean en cultivos como la patata, el tomate, los cítricos y los frutales. Con los fosfatos pasa algo similar, y se destinan a cereales, leguminosas y cultivos forrajeros.

Graves consecuencias en salud

A la fragilidad geopolítica, este complejo escenario suma consecuencias en términos de salud ecológica y pública por la aplicación desregulada de estos insumos.

Por ejemplo, el uso intensivo de fertilizantes nitrogenados se asocia a la contaminación de aguas subterráneas por nitratos, como ya se ha visto en los mapas generados por el propio MITECO y en aguas superficiales como el Mar Menor (Murcia). Cuando las concentraciones superan los 50 mg/L, el agua deja de ser apta para consumo humano, con riesgos vinculados a enfermedades como el cáncer gástrico o de vejiga, así como a la metahemoglobinemia infantil (síndrome del bebé azul).

En el caso de los fertilizantes fosfatados, preocupa su contenido en cadmio (Cd), un metal pesado con efectos carcinógenos y de disrupción endocrina, cuya acumulación en el organismo se asocia también a la desmineralización de los huesos o la insuficiencia renal. El Cd se incorpora a la cadena alimentaria a través de alimentos cotidianos;  los cereales y el pan no son los que mayores niveles de Cd contienen pero si los que más contribuyen a la exposición de la población general por la asiduidad en su consumo.

Fallos en la legislación vigente

Normativas como la Directiva de Nitratos (91/676/CEE), la Directiva Marco del Agua (2000/60/CE) o el Reglamento de Fertilizantes (UE 2019/1009) se erigieron para regular el uso de fertilizantes de síntesis y deberían conseguir reducirlo. También cabe mencionar la Estrategia De la Granja a la Mesa, integrada en el Pacto Verde Europeo, que inicialmente planteaba una reducción del 50 % en el uso de fertilizantes para 2030, posteriormente revisada a la baja (20 %). A pesar de estar vigente, estas legislaciones presentan fallos en su grado de cumplimiento y en la aplicación desigual entre Estados miembros.

Por su parte, el Gobierno español trabaja en un Real Decreto de fertilizantes que, entre otras cosas, apunta a diversificar las fuentes de materias primas y a fomentar alternativas a la fertilización. Sin embargo, desde diversos sectores se demanda un mayor apoyo a estrategias de fertilización agroecológicas, actualmente consideradas secundarias.

La solución pasa por diversificar las estrategias de fertilización

El uso combinado de estrategias de fertilización orgánica, como la recuperación de estiércol, la rotación de cultivos con leguminosas o el empleo de cubiertas vegetales en cultivos como los leñosos, no solo es una alternativa viable, sino una solución a la crisis de los fertilizantes de síntesis. Más aún cuando se tiene en cuenta el origen doméstico de los recursos necesarios para su implementación, que los convierte en una opción accesible y económica.

Frente a las presiones para el uso de fertilizantes de síntesis como única vía para asegurar la rentabilidad agraria, es imprescindible ampliar la perspectiva y encontrar soluciones a largo plazo con estrategias de transición que reconsideren la forma en que se producen los alimentos. En este sentido, encaja apoyar y fomentar el uso de estrategias de fertilización orgánica para incrementar la autonomía estratégica de España y Europa.