FALSO MITO: La acuicultura es clave para la soberanía alimentaria

En los últimos años, el pescado, el marisco y otros productos de origen marino se han promovido ampliamente como alimentos esenciales para una dieta saludable debido a su aporte de proteínas de alta calidad y ácidos grasos beneficiosos. Sin embargo, los impactos ambientales de la pesca, tal y como se desarrolla en la actualidad, plantean dudas sobre la conveniencia de incrementar su consumo como alternativa proteica a la ganadería.

Ante este escenario, la acuicultura suele presentarse como la alternativa capaz de incrementar la disponibilidad de pescado y marisco. No obstante, cabe preguntarse si este modelo productivo responde realmente a los desafíos de una transición alimentaria saludable, justa y sostenible. En particular, los sistemas acuícolas que dependen de piensos muestran impactos elevados que los acercan, en términos ambientales, a los de la ganadería intensiva.

Un caso diferenciado es la producción acuícola de bivalvos (como ostras, mejillones o almejas). Estos organismos se alimentan de fitoplancton –diminutos organismos fotosintéticos– que obtienen directamente del medio, lo que reduce de manera significativa el consumo energético respecto a otros modelos acuícolas y a la pesca. Asimismo, la pesca de especies de vida corta y niveles tróficos bajos (como sardina, anchoa, jurel o caballa) constituye una fuente proteica de menor impacto ambiental, siempre que se gestione de forma sostenible.

Descenso del volumen de capturas 

Los productos de origen marino se han convertido en la segunda fuente de proteínas en la dieta, solo por detrás de la leche y por delante del pollo, el cerdo y los rumiantes. A pesar de la expansión de la acuicultura, son todavía las capturas las que aportan la mayor parte del pescado disponible para consumo.

Las propuestas de transición hacia sistemas alimentarios sostenibles suelen plantear una reducción del consumo de productos ganaderos (principalmente carne roja) y su sustitución por fuentes proteicas de menor impacto. En este contexto, los productos marinos aparecen como una opción más sostenible, por generar una menor huella de emisiones y utilizar menos recursos que los productos cárnicos. Sin embargo, la pesca actual presenta importantes limitaciones: 

  • flotas que faenan cada vez más lejos y a mayor profundidad, 
  • elevada dependencia de combustibles fósiles, que representan entre el 60 % y el 90 % de las emisiones de la actividad pesquera,
  • impactos significativos sobre los ecosistemas marinos y su biodiversidad.

Además, este tipo de pesca contribuye al cambio climático tanto por las emisiones asociadas a la actividad como por los efectos que ejerce sobre los sumideros de carbono oceánicos. El calentamiento de los océanos, la acidificación y la desoxigenación derivadas del cambio climático reducen de forma significativa la productividad marina. Con ello disminuye también la disponibilidad de capturas. Como consecuencia, ya se observan descensos en la capacidad de abastecimiento pesquero. Ante este escenario, la acuicultura suele presentarse como una alternativa para cubrir la demanda de proteína animal en un contexto de transición proteica.

Insostenibilidad de los modelos productivos acuícolas que utilizan pienso

Dentro de la acuicultura coexisten diversos sistemas de producción, diferenciados por su localización (estanques, aguas continentales o marinas) y por el uso o no de piensos.

Los modelos de producción que requieren piensos dependen de materias primas de origen marino (como algas y pescado, destinado a harina y aceite), insumos agrícolas (como cereales, soja y otros productos vegetales) o subproductos ganaderos. La fabricación de estos piensos, junto con los procesos asociados a su uso, constituye la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero en la acuicultura intensiva.

La producción de crustáceos (como gambas y camarones) es una de las que mayor impacto ambiental genera, con sistemas superintensivos que requieren motores para oxigenación, recirculación y control de la temperatura. En regiones como Asia, más del 50 % de las emisiones de esta producción proceden del consumo eléctrico, seguido de las emisiones derivadas de los piensos.

Otros modelos que producen especies carnívoras (como lubina, dorada, rodaballo o besugo) también muestran impactos significativos: entre el 67 % y el 80 % de sus emisiones provienen del pienso, y entre el 16 % y el 46 % de las necesidades de oxigenación. El caso del salmón noruego y de la trucha en Galicia confirma esta tendencia: el pienso representa la mayor parte de su huella de carbono, con una contribución significativa de la electricidad.

En resumen, la dependencia de los piensos convierte a la mayoría de modelos acuícolas intensivos en sistemas productivos con impactos ambientales elevados y comparables a los de la ganadería industrial.

Una alternativa viable: la producción acuícola de bivalvos

Entre los modelos acuícolas existentes, la producción de bivalvos (como ostras, mejillones o almejas) destaca por su bajo uso de energía, la ausencia de piensos y su capacidad de integrarse en sistemas semiabiertos. En estudios realizados en China, una de las principales potencias productoras, en España (con Galicia como principal productora europea) y Portugal, los bivalvos muestran algunas de las huellas de emisiones más bajas por unidad de producto dentro del conjunto de alimentos proteicos.

Los datos disponibles coinciden en señalar que los bivalvos constituyen una de las alternativas acuícolas más sostenibles, combinando bajo impacto ambiental y capacidad de abastecimiento.

Otras alternativas de pesca: los pequeños pelágicos

Más allá de la acuicultura, la pesca de pequeños pelágicos (como sardina, anchoa, jurel o caballa) puede representar una opción de menor impacto ambiental, especialmente cuando se captura con artes menores. Estas prácticas suelen presentar perfiles de emisiones e impactos ecosistémicos más bajos que los sistemas de pesca a gran escala, como el cerco industrial.

Sin embargo, su condición de especies de vida corta las hace sensibles a la variabilidad ambiental, lo que exige una gestión adaptativa y precautoria para evitar su sobreexplotación, ya incipiente en algunas regiones y especies.

Un aspecto crucial es que estas especies se destinan en gran medida a la fabricación de piensos. Desde una perspectiva de sostenibilidad, resulta más eficiente y menos impactante su consumo directo por parte de la población que su transformación en alimento para peces de acuicultura intensiva.

En definitiva, desde Alimentta consideramos que no existe una única vía para reducir el impacto del consumo de productos marinos. La clave es avanzar hacia modelos de pesca y acuicultura de baja intensidad, de temporada y proximidad, que prioricen:

  • especies de vida corta y niveles tróficos bajos,
  • sistemas acuícolas sin piensos y con bajo uso energético,
  • conservación de los ecosistemas marinos,
  • y un mayor valor territorial, social y económico.

La acuicultura no puede considerarse, por sí sola, la solución central para la sostenibilidad alimentaria. Su contribución dependerá del tipo de modelo que se potencie y de su integración en una transición alimentaria más amplia y justa.